Fisher’s: la evolución de un gigante

Lo que comenzó como una necesidad familiar en un pequeño local de Naucalpan se transformó en un fenómeno gastronómico, gracias a la disciplina, la tenacidad y una auténtica vocación por la hospitalidad.

Presentado por FISHER’S

De la crisis al primer local

Primer local de Fisher's en Naucalpan
Foto: cortesía

La historia de Fisher’s empezó por pura necesidad. Don Simón fue zapatero toda su vida, pero casi a los 55 años lo perdió casi todo y la meta era clara: sacar a su familia adelante. Con lo que le alcanzó, rentó un espacio de apenas 50 metros cuadrados en Santa Cruz Acatlán, Naucalpan.

Al principio la cosa no pintaba nada bien, con solo cuatro mesitas y una barra fría, vendiendo de 12 a 14 cócteles al día en vasos desechables y fresas con crema como el solitario postre. Más que un éxito inmediato, parecía un fracaso, pero la familia cerró filas: Don Simón y su esposa Jazmín, acompañados por sus hijos Gabriel, Simón y Charles, quien estaba como coctelero, apostaron todo para subirse al barco y sacar la casa adelante.

Platillo de mariscos de Fisher's
Foto: cortesía

El gran acierto


La suerte comenzó a cambiar cuando empezaron a escuchar los deseos de sus clientes. Bastó cambiar los vasos desechables por tarros de vidrio para notar la diferencia, pero la verdadera magia llegó al complacer antojos espontáneos.

Así nació la emblemática sopa de mariscos, que una tarde lluviosa preparó Don Simón de forma improvisada, en una cazuela de barro, para satisfacer a un cliente que pedía caldo caliente. Fisher’s no necesitó manuales complejos: Don Simón y su familia descubrieron que la clave del éxito no era imponer una idea, sino tener la humildad de complacer a la gente y construir, plato a plato, el lugar al que todos quisieran volver.

Toda una experiencia

Poco a poco, Fisher’s dejó de ser solo un lugar para ir a comer rico y se convirtió en un espacio para pasar un rato agradable con el mejor ambiente. Cuando las filas comenzaron a desbordar el local, Don Simón mandó cervezas y tequilas de cortesía a quienes esperaban en la banqueta, convencido de que si alguien les regalaba su tiempo, lo mínimo que podían hacer era consentirlo.

Esa misma generosidad se trasladó al bar, llevando las botellas directo a la mesa para servir el trago sin una medida específica, sumado a detalles impecables como limones frescos en brocheta y tortillas calientitas. Así, más que una marisquería, crearon una atmósfera única, demostrando que cuando el servicio es bueno, cualquier comida se transforma en una celebración.

El gran salto

Para crecer, Fisher’s tuvo que pasar por un camino complicado. Con la apertura de la segunda sucursal en Lomas Verdes, que contaba con empleados nuevos, todo se volvió un caos, por lo que se vieron obligados a dividir al equipo experimentado y crear una cocina central para estandarizar procesos y cuidar la calidad en cada platillo.

Con esa base firme y la disciplina diaria de madrugar para ir a La Viga a comprar mariscos frescos, la marca conquistó Polanco y despegó con fuerza.

1993
Sucursal de Fisher's en Lomas Verdes
Foto: cortesía
1996
Sucursal de Fisher's en Polanco
Foto: cortesía

Como en casa


Familia Hamparzumian
Foto: cortesía

Con varios socios capitalistas y superando las 30 sucursales, Fisher’s nunca ha olvidado el alma con la que nació. Para Charles Hamparzumian, hijo del fundador y presidente de la compañía, el mayor disfrute sigue estando en la cocina y en ver las mesas llenas de sonrisas, gracias a su hospitalidad, que se basa en hacer sentir a sus clientes como en casa.

Charles Hamparzumian

Porque cuando cocinas con humildad y cuidas a tu gente desde el corazón, dejas de ser un simple restaurante para convertirte en un pedazo entrañable de la vida de quienes te visitan.

afirmó el empresario.

Hoy con más de 150 platillos en su menú, Fisher’s sigue cuidando cada detalle a través de una disciplina que no descansa y manteniendo viva su esencia.